La Argentina como coartada

PLUMAS SUELTASHace 1 día

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Tango y corazón. Vivir a mil, desde siempre...
JOSSI MASS (2)
JOSSI MASS 
La Argentina no es un país pobre. Tampoco es un país rico. Es algo bastante más irritante: un país que tuvo casi todo lo necesario para desarrollarse y dedicó más de un siglo a elaborar explicaciones cada vez más sofisticadas sobre por qué nunca era el momento de hacerlo. Acá todos tienen una teoría. El peronista culpa al liberalismo, el liberal culpa al peronismo, el radical culpa a los dos, la izquierda culpa al capital, la derecha culpa al Estado, el empresario culpa a los impuestos, el sindicalista culpa al empresario, el porteño culpa al conurbano, el Interior culpa a Buenos Aires y todos juntos culpan a Estados Unidos, Inglaterra, el Fondo, China, la oligarquía, los mapuches, los paraguayos, los bolivianos, los planeros, los jubilados, los empleados públicos, los bancos, los supermercados o Mercurio retrógrado.

Nadie puede explicar por qué, después de identificar tantos culpables, seguimos sin ser capaces de construir una vereda plana.
La respuesta desagradable es que la Argentina está como está porque los argentinos, colectivamente, producimos esto. No porque seamos genéticamente inferiores, moralmente corruptos o víctimas eternas de alguna conspiración, sino porque durante décadas organizamos incentivos, instituciones y costumbres para premiar la extracción y castigar la creación.
Aprendimos a disputar valor antes de producirlo.

## El trabajo no es una ceremonia moral
Los países se desarrollan cuando la gente labura. Esto parece una obviedad, pero en la Argentina hay que aclararlo porque convertimos hasta el trabajo en una abstracción sentimental.
No alcanza con levantarse temprano, viajar dos horas en colectivo y volver agotado. Eso puede demostrar sacrificio, pero el sacrificio por sí mismo no crea riqueza. Cavar un pozo para taparlo después exige esfuerzo. No por eso genera desarrollo.
Una sociedad se enriquece cuando su trabajo produce algo que otra persona quiere, necesita, disfruta o está dispuesta a pagar. Puede ser acero, software, trigo, reactores, películas, carne, diseño, música, logística, medicina, paisaje, erotismo, vino, literatura, biotecnología, gastronomía, maquinaria, conservación ambiental o una experiencia turística que no parezca organizada por enemigos del visitante.
El valor agregado no es solamente una fábrica con chimenea. Tampoco es una aplicación hecha por cuatro muchachos que dicen “ecosistema” cada tres palabras. Es conocimiento, transformación, confiabilidad, belleza, precisión, escala, identidad y capacidad de cumplir.
La Argentina posee recursos naturales extraordinarios, pero le encanta tratarlos como una herencia que algún pariente muerto dejó en una cuenta bancaria. El campo, Vaca Muerta, el litio, el mar, la Patagonia y la fertilidad pampeana no garantizan nada. Un recurso que no se explota responsablemente, no se procesa, no se transporta o no se integra a cadenas productivas es apenas geografía.
También tenemos cultura, talento y creatividad. Lo repetimos tanto que ya funciona como otro sedante. El talento que depende de una excepción heroica no constituye un sistema. Tener científicos brillantes que emigran, artistas que sobreviven de milagro y emprendedores que prosperan después de mudar la empresa a otro país no demuestra que el modelo funciona. Demuestra que algunas personas consiguen escapar de él.

## El gran negocio de no hacerse cargo
Nuestra principal industria no es el campo, la manufactura ni el software. Es la fabricación de coartadas.
El empleado público dice que cumple órdenes. El funcionario dice que no tiene presupuesto. El empresario protegido dice que necesita cinco años más. El sindicalista dice que está defendiendo derechos adquiridos. El profesional evade porque los impuestos son confiscatorios. El comerciante remarca porque no sabe cuánto costará reponer. El consumidor exige precios bajos y dólares baratos, pero también industria nacional, salarios europeos y tarifas africanas. El político promete todo porque decir la verdad pierde elecciones.
Cada argumento contiene una porción de verdad. Juntos producen una maquinaria perfecta de irresponsabilidad distribuida.
No hace falta que nadie sea completamente corrupto. Alcanza con que todos respondan racionalmente a un sistema demente. Si la moneda se derrite, comprás dólares. Si cumplir la ley te deja fuera del mercado, buscás un atajo. Si contratar a alguien puede destruir tu empresa, no contratás. Si una inversión tarda quince años en recuperarse y las reglas cambian cada seis meses, especulás a seis meses. Si la jubilación no depende de lo aportado sino de la próxima emergencia electoral, nadie cree en el contrato.

Bife, papafritas y mixta. Viva el bodegón.
Bife, papafritas y mixta. Viva el bodegón.
Después llamamos “cultura argentina” al comportamiento que producen esas reglas.
La viveza criolla no es inteligencia. Es inteligencia utilizada para parasitar un sistema cuya supervivencia se da por sentada. El vivo se cuela porque supone que otro pagará el boleto. Evade porque supone que otro financiará el hospital. Construye sin permiso porque supone que otro mantendrá la calle. Consigue un privilegio porque supone que el resto seguirá produciendo.
Cuando todos son vivos, ya no queda ningún boludo que sostenga la estructura.

## Perón vio el problema y construyó otro
El peronismo acertó en algo que sus adversarios tardaron demasiado en entender: un país no es solamente una planilla contable. Las personas necesitan trabajo, pertenencia, movilidad social y participación en una prosperidad compartida. Una economía puede crecer y seguir siendo políticamente inviable si la mayoría siente que contempla el banquete desde la vereda.
También entendió que la industrialización, el mercado interno, la infraestructura y la organización de los trabajadores eran elementos reales del poder nacional. La Argentina agroexportadora podía ser rica sin ser plenamente moderna, y podía producir fortunas sin construir ciudadanía social.
Hasta ahí, bien.
El problema es que el peronismo convirtió una respuesta histórica en una metafísica. Confundió justicia social con obediencia política, industrialización con protección eterna, derechos laborales con poder sindical hereditario y soberanía con la capacidad del gobernante de hacer lo que se le canta.
Creó una liturgia en la que el pueblo siempre tiene razón, siempre que vote al conductor correcto. El trabajador es un sujeto sagrado en el discurso y una variable inflacionaria en la práctica. El pobre es homenajeado, fotografiado, organizado y administrado, pero rara vez liberado de la dependencia.
El peronismo dice amar tanto a los humildes que lleva décadas fabricándolos.
Su mayor éxito fue hacer que millones de argentinos sintieran que el Estado también les pertenecía. Su mayor fracaso fue enseñarles que pertenecer significaba obtener algo de él, no cuidarlo, financiarlo ni exigir que funcionara.
Los peronistas no destruyeron solos la Argentina. Eso sería concederles una capacidad de gestión que nunca demostraron. Pero sí perfeccionaron el arte de convertir cada fracaso en prueba de que faltó más peronismo.

## El radicalismo y la superioridad moral de la impotencia
El radicalismo comprendió otra dimensión esencial: sin democracia, educación, legalidad y límites al poder, el desarrollo termina siendo una estancia administrada por patrones más o menos ilustrados.
Defendió valores que importan. Dio luchas institucionales reales. Produjo dirigentes honestos y sostuvo la legitimidad democrática en momentos difíciles.
Y después convirtió la corrección republicana en sustituto de la eficacia.
El radicalismo parece creer que un gobierno queda absuelto si fracasa con buenos modales. Tiene una debilidad casi artística por las declaraciones solemnes, los comités, los consensos que no conducen a ninguna decisión y los dirigentes cuya principal virtud es no resultar amenazantes para nadie.
Gobernar no es recitar el preámbulo. Es lograr que los trenes funcionen, que las cuentas cierren, que la policía no sea una banda y que las escuelas enseñen. Una democracia incapaz de producir resultados termina entregándole el poder al primer energúmeno que prometa patear el tablero.
Los radicales suelen presentarse como adultos responsables, pero demasiadas veces fueron adultos que explicaban con enorme dignidad por qué no podían controlar a los chicos.
Su tragedia no es la maldad. Es la irrelevancia cultivada como virtud.

## La peluca y la fantasía del país sin sociedad
La nueva derecha acertó en cuestiones que el sistema político se negaba a admitir. El déficit importa. La inflación no es una condición climática. Emitir dinero no crea riqueza. Un Estado enorme puede ser, al mismo tiempo, un Estado ausente. Las regulaciones pueden proteger privilegios en lugar de consumidores. Los impuestos pueden volverse confiscatorios. La moneda es un contrato moral y destruirla es una forma de saqueo.
También acertó al señalar que buena parte de la dirigencia vive en una realidad separada de la de quienes la financian. Que existen empresas prebendarias, sindicatos feudales, universidades convertidas en refugios partidarios y organismos cuya función principal es justificar su propia existencia.
Hasta ahí, otra vez, bien.
El error aparece cuando el diagnóstico económico se convierte en una cosmogonía adolescente. Como si una sociedad fuera únicamente una suma de individuos intercambiando bienes. Como si destruir una regulación produjera automáticamente competencia. Como si el mercado pudiera crear por sí solo las instituciones que necesita para funcionar. Como si toda cooperación colectiva fuera socialismo y toda desigualdad fuera la expresión impecable del mérito.
El mercado es una herramienta extraordinaria para coordinar información y deseos. No es una religión, una teoría completa de la justicia ni una máquina que transforma cualquier selva institucional en Dinamarca.
Sin justicia, infraestructura, seguridad, educación, estabilidad y capacidad estatal, el mercado no genera un orden liberal. Genera señores territoriales, monopolios, intermediarios, capital de fuga y gente tratando de salvarse sola.
La peluca tiene razón cuando dice que no se puede gastar eternamente lo que no existe. Se equivoca cuando supone que una nación se construye solamente dejando de gastar. Una motosierra puede limpiar un terreno. No sabe diseñar una casa.
Y gritar “libertad” no vuelve libre al que no tiene educación, salud, seguridad jurídica ni posibilidad material de elegir. Pero tampoco lo libera encerrarlo en una red de subsidios, permisos y punteros. La libertad exige condiciones. Las condiciones cuestan. Y que algo cueste no significa que deba administrarlo un burócrata incompetente.
Ahí empieza la discusión interesante, justo donde las hinchadas dejan de escuchar.

## La izquierda y su amor por una clase obrera imaginaria
La izquierda argentina conserva una ventaja formidable: como nunca gobierna de verdad, puede explicar cada fracaso como consecuencia de que no se aplicó su programa.
Denuncia abusos reales, desigualdades obscenas y concentraciones de poder que los liberales prefieren imaginar como resultados neutrales del mercado. Recuerda correctamente que un contrato entre un desesperado y un monopolio puede ser voluntario en los papeles y extorsivo en los hechos.
Pero su idea de producción parece escrita por alguien que jamás pagó un sueldo, consiguió un cliente o intentó exportar una caja.
Ama al trabajador como categoría filosófica y suele despreciar a la persona concreta que quiere comprarse un auto, abrir un negocio, ahorrar en dólares o dejarles una propiedad a sus hijos. Tolera la riqueza solamente cuando pertenece a un artista amigo, un dirigente propio o un Estado extranjero ideológicamente simpático.
Habla de repartir con una precisión que nunca aplica a la creación. Para la izquierda, toda ganancia resulta sospechosa hasta que hay que financiar una causa de izquierda.
Su principal problema no es que le falte compasión. Es que cree que la compasión puede reemplazar a la aritmética.

## Los empresarios que odian el capitalismo
El empresario argentino exige libre mercado cuando quiere comprar insumos y protección nacional cuando aparece un competidor. Pide estabilidad, pero construyó parte de su rentabilidad alrededor de la inestabilidad. Denuncia al Estado mientras recorre ministerios solicitando excepciones, créditos subsidiados, tipos de cambio especiales, contratos, barreras aduaneras y rescates.
No todos son así. Precisamente por eso conviene distinguir al que produce del que captura.
El capitalismo supone riesgo. Si la ganancia es privada y cada pérdida termina nacionalizada, no hay capitalismo: hay una aristocracia de contratistas con vocabulario de escuela de negocios.
Tampoco existe una burguesía nacional por el hecho de que el dueño haya nacido en Caballito. El capital no se vuelve patriótico pronunciando discursos contra las multinacionales. Se vuelve útil cuando invierte, innova, emplea, compite, exporta, paga lo que corresponde y deja detrás capacidades que antes no existían.
El empresario prebendario y el sindicalista mafioso se insultan en televisión porque compiten por la misma caja.

## Buenos Aires, la París que quedó en veremos
Buenos Aires es el gran monumento argentino a la autoestima sin mantenimiento.
Fue una ciudad magnífica. Todavía conserva pedazos de esa magnificencia: arquitectura ambiciosa, vida cultural, barrios caminables, librerías, teatros, cafés y una energía humana difícil de fabricar. Pero vive de ese capital acumulado como una familia venida a menos que todavía sirve la cena en la vajilla de la abuela mientras se llueve el techo.
Edificios grandiosos se caen a pedazos. Las veredas son una pista de obstáculos. El transporte combina obras valiosas con abandono crónico. La suciedad reaparece apenas termina el operativo fotográfico. Se improvisan ciclovías, polos, distritos creativos y campañas de innovación como si la modernidad fuera una identidad visual.
Buenos Aires juega a ser europea porque mira su fachada y latinoamericana cuando llega el momento de mantenerla.
Cree que lidera porque concentra. Confunde densidad con centralidad intelectual, cantidad de eventos con creatividad y cosmopolitismo con saber pedir comida en inglés. Muchas de sus novedades son tendencias extranjeras importadas tarde, rebautizadas y celebradas como descubrimientos locales.
Mientras tanto, el resto del país oscila entre el resentimiento hacia Buenos Aires y el deseo de imitarla. Las provincias denuncian el centralismo, pero muchas reproducen en miniatura el mismo sistema: capitales que absorben recursos, gobernadores eternos, empleos públicos como política demográfica y feudos disfrazados de federalismo.
La Argentina no es un país federal. Es un conjunto de dependencias que negocian quién paga la próxima ronda.

## Las Malvinas y la soberanía de cotillón
Las Malvinas son argentinas en los mapas escolares, británicas en la realidad y funcionales a casi todos los relatos políticos.
La Argentina las reclama por razones históricas, jurídicas y geográficas que merecen ser expuestas. Los isleños viven bajo administración británica, quieren seguir haciéndolo y no van a desaparecer porque nos moleste su opinión. En 1982 una dictadura criminal utilizó una causa popular para intentar salvarse. Fuimos a la guerra. Perdimos.
Punto.
Honrar a quienes murieron no exige mentir sobre el resultado. Al contrario: usar sus muertos para sostener una fantasía infantil es una segunda forma de degradarlos.
¿De qué sirve declamar soberanía sobre unas islas si no podemos ejercerla sobre el territorio que ya tenemos? ¿Qué soberanía tiene un país que no controla sus fronteras, no explora seriamente su mar, no mantiene sus rutas, no estabiliza su moneda y necesita financiamiento externo para atravesar cada crisis que él mismo fabrica?
Una bandera no alimenta, no educa y no administra. Puede representar una comunidad política capaz de hacer esas cosas. Cuando esa comunidad falla, la bandera se convierte en una cortina.
Las Malvinas no van a “volver” porque cantemos más fuerte. Si alguna vez cambia su situación será por décadas de seriedad, prosperidad, diplomacia y capacidad estratégica. Es decir, por convertirnos en un país al que resulte razonable acercarse.
La soberanía no se grita. Se construye. Y nosotros preferimos gritar porque construir da trabajo.

## La educación y el culto al diploma
La Argentina se enorgullece de su educación pública como un aristócrata de su apellido. Habla de lo que fue para evitar mirar lo que es.
Defender la educación pública no implica defender cada edificio, sindicato, programa o empleado que lleva la palabra “educación” en el membrete. Una escuela que contiene pero no enseña cumple una función social urgente y fracasa en su función educativa. Las dos cosas pueden ser ciertas.
La universidad gratuita puede ser una herramienta formidable de movilidad y, al mismo tiempo, un subsidio regresivo si quienes más la aprovechan pertenecen a sectores que podrían contribuir mientras los pobres ni siquiera terminan la secundaria.
El docente no es culpable de todos los males ni un santo por definición. El alumno no es un cliente soberano ni una víctima incapaz de responsabilidad. La evaluación no es fascismo. La exigencia no es crueldad. La inclusión que no transmite conocimientos incluye a la gente en la ignorancia.
Nos encanta entregar credenciales porque medir capacidades podría revelar que llevamos años fingiendo.

## El Estado presente que nunca está
La discusión argentina sobre el Estado es deliberadamente idiota. Unos quieren medirlo por su tamaño; otros, por la nobleza de sus intenciones. Casi nadie quiere medirlo por su capacidad.
Un Estado puede gastar mucho y hacer poco. Puede emplear multitudes y carecer de inspectores competentes, policías entrenados, jueces rápidos, ingenieros, médicos o sistemas que compartan información. Puede estar presente en cada formulario y ausente ante cada problema.
El liberal imagina que cerrar una oficina elimina su función. El estatista imagina que abrirla resuelve el problema.
El Estado argentino suele ser gigantesco frente al ciudadano común y diminuto frente al poderoso. Es implacable con quien olvidó una declaración e impotente ante quien captura un sector entero. Cobra mal, compra peor, controla selectivamente y planifica hasta el próximo cambio de gabinete.
Necesitamos menos Estado donde estorba y mucho más donde solamente él puede actuar. Menos permisos absurdos y más justicia. Menos propaganda y más estadísticas. Menos empleados acomodados y más profesionales capaces. Menos empresas públicas usadas como cajas y más infraestructura cuya utilidad sobreviva al gobierno que la inaugura.
Eso no entra en una consigna. Por eso nadie lo milita.

## La inflación como autobiografía nacional
La inflación no es sólo un fenómeno monetario. Es la autobiografía de una sociedad incapaz de aceptar límites.
Queremos gastar más de lo que recaudamos, consumir más de lo que producimos, importar más de lo que exportamos, jubilarnos con más de lo que aportamos y pagar tarifas menores que el costo de los servicios. Queremos dólares baratos para viajar y caros para exportar. Crédito barato para nosotros, tasas altas para proteger nuestros ahorros y ninguna consecuencia cuando las cuentas no cierran.
El político satisface simultáneamente esas demandas durante un rato. Después imprime, devalúa, reperfila, congela, controla, subsidia, toma deuda o inventa un impuesto. Finalmente culpa al anterior, al siguiente o al comerciante.
La inflación es el impuesto que permite prometer sin cobrar de frente. Por eso sobrevivió a gobiernos que supuestamente la odiaban.
Pero terminar con ella, aunque imprescindible, no basta. La estabilidad es el piso del desarrollo, no el desarrollo. Un cementerio también tiene precios estables.

## Lo que habría que admitir
La Argentina no necesita elegir entre Estado y mercado, industria y campo, capital y trabajo, Buenos Aires e interior, apertura y protección. Necesita dejar de usar esas tensiones como identidades morales.
El campo sin industria puede generar divisas y concentración. La industria sin competencia puede fabricar productos caros y empresarios dependientes. El mercado sin Estado puede convertirse en una jungla. El Estado sin mercado se transforma en una oficina que distribuye escasez. La apertura sin capacidades destruye. La protección sin plazos pudre. La igualdad sin productividad reparte pobreza. El crecimiento sin inclusión acumula resentimiento.
No hay solución pura porque no existe una sociedad pura.
Un país serio identifica qué sabe hacer, qué puede aprender, qué debe importar, qué conviene producir y qué capacidades quiere construir. Mantiene reglas el tiempo suficiente para que alguien pueda planificar. Protege actividades nacientes con metas y vencimientos, no con sacramentos. Abre sectores donde la competencia mejora calidad. Cierra privilegios. Invierte en infraestructura, ciencia y educación porque entiende que el mercado utiliza capacidades cuya construcción muchas veces no puede financiar por sí solo.
Y después mide.
Si algo no funciona, se cambia. No se compone una marcha, no se funda una agrupación y no se declara patrimonio de la identidad nacional.

## El país que somos
El problema argentino no es que nadie tenga razón. Es que todos tienen un pedazo.
El peronismo tiene razón sobre la comunidad y se equivoca sobre el poder. El radicalismo tiene razón sobre las instituciones y se equivoca sobre la eficacia. La derecha tiene razón sobre los límites y se equivoca sobre la sociedad. La izquierda tiene razón sobre la dominación y se equivoca sobre la producción. Los empresarios tienen razón sobre los obstáculos y se equivocan sobre sus privilegios. Los sindicatos tienen razón sobre la asimetría laboral y se equivocan al convertir la representación en propiedad privada.
Cada facción toma su fragmento, lo declara universo y utiliza los errores ajenos para no examinar los propios.
Por eso discutir de política en la Argentina es tan agotador. No intercambiamos ideas: defendemos inocencias.
No somos pobres por culpa de Perón, de los militares, de los radicales, de los Kirchner, de Macri, de Milei, de los yanquis o de los ingleses. Todos influyeron y algunos hicieron daños monstruosos. Pero ninguna persona explica ochenta años de reincidencia. Los dirigentes cambian; las coartadas permanecen.
Tal vez la decadencia argentina no sea un misterio histórico. Tal vez sea simplemente el resultado acumulado de millones de decisiones razonables dentro de un sistema que castiga al que piensa a largo plazo.
El que cumple se siente un idiota. El que invierte teme ser expropiado. El que ahorra huye de la moneda. El que estudia se va. El que produce pide protección. El que recibe protección deja de competir. El que gobierna compra tiempo. El que vota exige milagros. Y cuando el milagro fracasa, todos encuentran una teoría que los deja afuera.
La Argentina seguirá siendo lo que es mientras confunda dignidad con orgullo, soberanía con aislamiento, solidaridad con dependencia, libertad con abandono, industria con protección, educación con diplomas, cultura con nostalgia y política con pertenencia tribal.
No nos falta un nuevo prócer. Nos falta una sociedad menos enamorada de sus excusas.
Hay que trabajar, sí. Pero trabajar para producir algo que valga. Hay que distribuir, sí. Pero primero tiene que existir algo para distribuir. Hay que competir, pero sobre una cancha donde las reglas se cumplan. Hay que proteger, pero no momificar. Hay que recordar, pero no vivir dentro del recuerdo. Hay que tener símbolos, pero no confundirlos con resultados.
La Argentina pudo ser magnífica. Algunas partes todavía lo son. Pero el potencial es la forma más elegante del fracaso cuando dura cien años.
La pregunta no es qué país nos merecemos. Esa es otra fantasía narcisista.
La pregunta es mucho más brutal:
¿Qué país somos capaces de construir, mantener y pagar?
Todo lo demás es cotillón.

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