

Algunos hemos puesto el despertador en el 20-M-20. Por quinto año Y por la pandemia en modo aniversario. De aquel día en que nos encerraron al grito de Guarda que te vas a morir. No sorprende que el común de los mortales prefiera no recordar aquella noche negra.
Un amigo que sobrevivió a otra cosa, a la explosión de una bomba, me dice que el día fatal del calendario es como ir al templo a buscar rezos y abrazos. No sabe porqué, pero no puede dejar de hacerlo.
Hace seis años no muchos advirtieron entre barbijos y vacunas que tras el coronavirus del pangolín de Wuhan (!) se escondían reseteos financieros, reformateos laborales, destrucciones de vidas y riquezas personales sobre todo entre los que menos tienen. En un experimento social que potenció el scoring de los ciudadanos hacia sistemas de control a escala pluricelular.
Hay países, como la Argentina, que destruyeron o han guardado bajo 7.000 llaves las estadísticas sociales y sanitarias de aquel desastre. Y no se encuentran ni responden al teléfono las literaturas y voces de los gurúes del virus. La mayor parte de los cuales, después de sus trances de glorias y facturas, hoy no saben, no recuerdan, no están.
En aquellos años, debatí con amigos angustiados que se aferraban a la prédica oficial. Eran tiempos en que dudar era punible y aislaba. Hoy, unos cuantos conceden en que no hubo respuestas sensatas desde el universo de la salud, pública y privada. Y enjuician la decisión política, a tono con el libreto planetario, de no salirle al paso con medicamentos, desde el primer síntoma a la dolencia fabricaba inflamaciones hasta matarte, por ejemplo de neumonía bilateral.
Todo estaba jugado a la vacuna, la pócima salvadora. De las que todos conocíamos los nombres y de las que curiosamente no se habló más. Tampoco del pasaporte sanitario que nos daba el privilegio de pertenecer a la prole. Las zonas oscuras de aquella prédica ha llevado a un buen número de ciudadanos a rehuir de las vacunas, lo que nos ha regresado a pestes que permanecían controladas.
De todo lo que ocurrió se escribieron mares. Los acomodados recordamos los encierros forzosos, ese tedio sin fin entre Zoom y Netflix y pollo o pasta por delivery. Pero mientras, los trabajadores de las "actividades esenciales" eran sometidas a todo tipo de abusos diseñados por burócratas de home office desde el café de cápsula y el screen,
La Tierra es un grano minúsculo del cosmos. Nosotros no somos nada, sólo un instante. Menos que un suspiro que se hace absurdamente arduo porque los más poderosos que vos y yo, desde que dejamos de ser grandes monos antropomorfos, parten y reparten. Y lo seguirán haciendo, ahora con la bendita AI que cultiva y embrutece.
Todo círculo imperfecto se aprecia mejor a la distancia. Ocurrió con el COVID que hoy pugnamos por olvidar.
Y como ocurrirá con esta guerra que amenaza con empobrecernos, por eso Irán no es Ucrania. Que viene rodeada de consideraciones antropo-religiosas- geopolíticas y demonizaciones low cost a quien ose polemizar.
Así, nuestras vidas valen cada vez menos, entre angustias, ansiedades e insomnios y preguntas a nuestros hijos de porqué no quieren darnos nietos.
"Los que mandan tienen este mundo repodrido y dividido en dos" como en la canción. Y las metidas de pata y crueldades de hoy, bien podrán ser lindos feriados, como el 24 de marzo y el 2 de abril.
A vivir, que son dos días.







Escribe Ricardo Frascara: El gol que no fue tres veces

















